El Paseo, de Robert Walser
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“Me parece, si se me permite decirlo así, hermoso y bueno que de vez en cuando dos desconocidos puedan hablar libre y tranquilamente, para lo que al fin y al cabo los habitantes de este errante, extraño planeta, que es para nosotros un enigma, tenemos boca y lengua y la capacidad de hablar, que en sí misma es tan bella y extraña.”
Robert Walser es uno de mis escritores favoritos y resulta paradójico que haya aparecido tan poco en este blog. La razón es simple: leí la mayor parte de su obra mucho antes de abrirlo. Pero ahora que llevo una temporada frecuentando autores errantes —escritores caminantes, vagabundos, viajeros y observadores del mundo en movimiento— me ha parecido el momento perfecto para releer El paseo (al mismo tiempo que Paseos con Robert Walser de Carl Seelig), quizá la obra donde esa sensibilidad encuentra una de sus expresiones más puras. En ese contexto, volver a El paseo parecía casi inevitable. Y la relectura no solo ha confirmado la admiración que siento por Walser, sino que también me ha dejado con ganas de regresar a algunas de sus otras obras.
Publicado en 1917, El paseo es una de las obras más representativas de Robert Walser y probablemente una de las que mejor condensan su particular manera de entender la literatura. En apariencia, el libro no podría ser más sencillo: un hombre sale de su habitación para dar un paseo y, a lo largo de su recorrido, se cruza con comerciantes, funcionarios, artistas, camareras, conocidos y desconocidos. Sin embargo, como ocurre con frecuencia en Walser, la anécdota es apenas un punto de partida. Lo que podría parecer el relato de una caminata termina convirtiéndose en una reflexión sobre la percepción, la libertad, la imaginación y la relación del individuo con el mundo que lo rodea.
Y, como ocurre en buena parte de la obra de Walser, resulta difícil no leer El paseo en clave autobiográfica. Más allá de cuánto haya de invención o de máscara literaria, da la impresión de que en sus páginas está el propio Walser: su forma de caminar, de observar, de demorarse en lo aparentemente insignificante, de sentirse a la vez dentro y fuera del mundo. Sus libros no cuentan necesariamente su vida, pero sí parecen surgir directamente de su manera de estar en ella. Leyendo a Walser uno tiene a menudo la impresión de que autor y narrador terminan fundiéndose, hasta el punto de que toda su literatura parece formar parte de una única y extensa autobiografía más íntima que de cara a la galería.
“Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, cómo me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle. […] Olvidé con rapidez que arriba en mi cuarto había estado hacia un momento incubando, sombrío, sobre una hoja de papel en blanco. Toda tristeza, todo dolor y todos los graves pensamientos se habían esfumado, aunque aun sentía vivamente delante y detrás de mi eco de una cierta seriedad.”
Para Walser, caminar nunca es simplemente desplazarse, pasear constituye una forma de conocimiento. El narrador observa cuánto encuentra a su paso con una atención extraordinaria y convierte los detalles más insignificantes en materia literaria. Un escaparate, una conversación casual, un flirteo o un fragmento de paisaje pueden dar lugar a largas divagaciones que alteran el rumbo de la narración. La realidad se revela así no a través de los grandes acontecimientos, sino mediante una mirada paciente capaz de descubrir la riqueza escondida en lo cotidiano.
Esa disposición contemplativa posee también una dimensión de libertad, el rasgo esencial para mí de Walser y que solo se comprenderá si se conoce algo de su vida. A medida que avanza por calles y caminos, el narrador atraviesa distintos espacios sociales y se relaciona con personajes de toda condición. Sin embargo, en el trasfondo de esos encuentros aparece constantemente la presencia de las instituciones, la burocracia y las convenciones que regulan la vida moderna. El paseo se convierte entonces en una forma discreta de resistencia, de proteger el espacio personal, de luchar frente al sistema. Frente a una sociedad que exige orden, productividad y disciplina, Walser reivindica el derecho a la deriva, a la observación desinteresada y al tiempo improductivo.
“Me avergüenzo sinceramente de no hacer más que pasear mientras tantos otros se desloman y trabajando.
Un montador en bicicleta, compañero del batallón de milicias, me grita al pasar:
- Me parece que vuelves a pasear en día laborable.
Así que me ven pasear, pensé para mis adentros y seguí paseando pacíficamente sin molestarme lo más mínimo por haber sido atrapado, lo que habría sido una tontería.”
Uno de los mayores logros del libro consiste en mostrar cómo la imaginación transforma la experiencia del día a día. El narrador no se limita a describir lo que ve; interpreta, fantasea, exagera y reinventa. Por momentos resulta difícil distinguir dónde termina la observación objetiva y dónde comienza la invención. Esa ambigüedad convierte el paseo en un viaje simultáneamente exterior e interior: mientras el protagonista recorre calles y paisajes, el lector asiste también al movimiento de una conciencia que disecciona el mundo. El propio narrador encarna una figura característica del universo walseriano. Sensible, observador, algo excéntrico y profundamente receptivo a cuanto sucede a su alrededor, no pretende dominar el mundo ni explicarlo mediante grandes sistemas. Su aspiración parece mucho más modesta y, al mismo tiempo, más ambiciosa: contemplar. Esa actitud, que algunos han relacionado con la propia personalidad de Walser, es la que dota al texto de su inconfundible mezcla de fragilidad, humor y capacidad de asombro.
También el estilo contribuye a que la narración avance mediante digresiones continuas, cambios de dirección y asociaciones aparentemente caprichosas. El tono es ligero, falsamente ingenuo, a menudo irónico, y da la impresión de improvisación constante. Sin embargo, bajo esa superficie errante existe una notable coherencia. Todo en el libro está subordinado a la experiencia del paseo como una forma de estar en el mundo, una manera de relacionarse con la realidad basada en la atención, la curiosidad y la apertura a lo inesperado.
Más de un siglo después de su publicación, El paseo sigue conservando intacta su capacidad de fascinación porque propone una actitud que parece cada vez más rara: la disposición a demorarse, a observar y a dejarse sorprender. Walser nos recuerda que la verdadera riqueza de la experiencia humana no suele encontrarse en los grandes acontecimientos, sino en aquello que pasa desapercibido para la mayoría. Y convierte una simple caminata en una de las más hermosas meditaciones literarias sobre la libertad y la mirada. Una pequeña maravilla, de esas que parecen ligeras mientras se leen pero que contienen lo esencial, eso que pasará desapercibido si vamos corriendo. Lo que viene a decir Walser: hay que pararse...
La traducción es de Carlos Fortea.
"- Pasear me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no.podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa. Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente estaría aniquilada."

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