Melancolía de los confines: Norte, de Mathias Enard
♫♫♫ Phantasmagoria in Two - Tim Buckley ♫♫♫
“Todo viajero camina en el tiempo”
Ya me había adelantado un poco a esta reseña en el Interludio Junio #1 - Los Errantes. Lo escribí cuando apenas había comenzado a leer este texto de Mathias Énard y, sin saberlo del todo, ya estaban allí algunas de las intuiciones que el libro terminaría confirmando. Su lectura me ha hecho recordar qué significa realmente la errancia: no solo trasladarse físicamente de un lugar a otro, sino entrar en un tiempo distinto, un tiempo propio e íntimo. Mientras avanzamos, la mente recupera recuerdos, ordena pensamientos, crea asociaciones, imagina posibilidades y alcanza comprensiones que difícilmente surgirían en la inmovilidad.
«Que cuando yo caminara no caminase solo en la arena sino en compañía de dos espíritus, el fantasma de Walser y el espectro de W. G. Sebald, era en parte gracias a E.»
Pocas frases resumen mejor el proyecto de Melancolía de los confines: Norte. Desde sus primeras páginas, Mathias Énard reconoce la compañía tutelar de dos escritores para quienes caminar era mucho más que desplazarse: una forma de leer el mundo, de interrogar la memoria y de transformar el paisaje en pensamiento. Del mismo modo que Robert Walser hizo del paseo una ética de la atención y W. G. Sebald convirtió la deriva por el territorio en una exploración de las capas ocultas de la historia, Énard emprende aquí una caminata por Berlín que es también una inmersión en la memoria cultural europea. Desde sus primeras páginas, Énard se coloca deliberadamente bajo la tutela de dos escritores errantes: Robert Walser y W. G. Sebald, así que se puede decir que desde el inicio este texto debe entenderse como un diálogo con una tradición de escritura en movimiento continuo, itinerante. De Enard hasta ahora solo había leído Habladlesde batallas, de reyes y de elefantes y ya entonces me quedó claro el tipo de escritor que es Mathias Énard. Aunque francés, hay en él algo profundamente cosmopolita, errante y difícil de encerrar en una tradición nacional concreta. Su literatura parece escrita desde el movimiento y el cruce de culturas más que desde una identidad fija porque leyéndolo, resulta casi imposible reconocer una procedencia exclusiva: podría ser un escritor español por su relación con el Mediterráneo, alemán por su diálogo constante con la tradición centroeuropea, o incluso un autor árabe por la naturalidad con la que incorpora Oriente Próximo y el mundo islámico a su imaginario literario.
"En
agosto de 1992, cuando la canícula se acercaba a su fin, emprendí
un viaje a través del condado de Suffolk, al este de Inglaterra, con
la esperanza de poder huir del vacío que se estaba propagando en
mi..."
Así comienza Los anillos de
Saturno, de WG Sebald, con movimiento.
Esa
condición fronteriza, alcanza en Melancolía
de los confines; Norte una
nueva intensidad. La diferencia es que ahora la ficción
prácticamente desaparece y queda al descubierto el mecanismo mismo
de la reflexión. Énard ya no construye una historia para pensar el
mundo, sino que convierte el propio pensamiento —sus lecturas,
paseos, amistades, recuerdos y asociaciones— en la materia del libro. El
resultado es un texto contemplativo, melancólico y profundamente
europeo, donde la influencia de Los
anillos de Saturno se
percibe en la estructura de la memoria errante y la de Robert
Walser en
esa ética del caminante que encuentra en el paseo una forma de
conocimiento. Entre ambos polos, Énard compone una obra que confirma
algo que ya intuía en la
primera vez que me acerqué a él:
que pertenece a esa rara categoría de escritores cuya verdadera
patria no es un país, sino el movimiento de ideas, lenguas e
historias a través del mundo. Aquí
abandona explícitamente la novela para acercarse a una forma híbrida
de ensayo, autobiografía, diario de caminata y meditación
literaria. Es, además, el primer volumen de un proyecto en cuatro
direcciones cardinales. Aquí
el paseo físico por un territorio se convierte en un viaje mental
donde la memoria, la historia y la literatura se entrelazan
continuamente. Como en Los
anillos de Saturno o Austerlitz,
el desplazamiento por una ciudad —en este caso Berlín— sirve
para conectar tiempos históricos, amistades, pérdidas y referencias
culturales dispersas. La caminata nocturna es menos un recorrido
urbano que una deriva de la conciencia. En Norte,
caminar por Berlín produce asociaciones libres, recuerdos y
encuentros textuales de una manera muy walseriana. La ciudad no
aparece como un objeto a describir sistemáticamente, sino como una
superficie que desencadena pensamientos. El movimiento físico genera
movimiento intelectual. Norte es,
así, un libro intensamente europeo, no tanto por los lugares que
recorre como por la tradición intelectual con la que dialoga: una
tradición que entiende el viaje como una forma de pensamiento.
“de pronto recordé que fue E. quién, quince años antes, me descubierto la obra de WG Sebald, justo después de la muerte brutal de este último en un accidente de automóvil como consecuencia de un ataque al corazón, cerca de Norwich. E. me había guiado durante mi largo camino hacia la literatura alemana...”
Norte adopta la forma de un paseo por Berlín durante una visita a una amiga enferma, E. Sin embargo, muy pronto queda claro que el verdadero recorrido no es únicamente geográfico (“ yo, como ellos, caminando sin rumbo por un Berlín marcado por las cicatrices de la destrucción, también busco una luz, un sueño paradójico, una teriaca para mí alma y la de los demás”). Como ocurre en Sebald, cada calle, cada edificio o cada encuentro desencadena una deriva hacia otras capas de la ciudad: su historia, su literatura, su filosofía y sus heridas. El Berlín que recorre Énard es simultáneamente físico y mental, una ciudad hecha tanto de avenidas y parques como de libros, recuerdos y fantasmas. A medida que avanza la caminata aparecen filósofos, novelistas, artistas y poetas que han contribuido a construir la identidad cultural de la ciudad y de Europa. Por sus páginas desfilan figuras tan diversas como Theodor Fontane o Käthe Kollwitz, junto a escritores árabes, pensadores contemporáneos y amigos del propio autor. La ciudad se convierte así en una inmensa red de correspondencias y conexiones donde las épocas dialogan entre sí y donde la cultura aparece como una forma de resistencia frente al olvido.
“Fontane es charlar. Es conversar. Theodor Fontane no describe la situación política: pone a hablar a un grupo de amigos y cada cual se expresa según la clase que representa. Las mujeres, de todas las edades y condiciones, son siempre buenas conversadoras.”
Entre todas esas presencias destaca especialmente Georg Büchner y, más concretamente, su breve obra Lenz. El texto emerge como una suerte de leitmotiv que acompaña la deriva berlinesa de Énard. El hallazgo casual de un ejemplar en la célebre librería berlinesa que lleva el nombre de Büchner actúa como un punto de condensación de muchos de los temas del libro: el vagabundeo, la fragilidad mental, la relación entre paisaje y conciencia, y la literatura entendida como una conversación ininterrumpida a través del tiempo. No es casual que Lenz, relato de un hombre que camina al borde del abismo psicológico, reaparezca una y otra vez en una obra donde el paseo se convierte también en una exploración de la vulnerabilidad, la memoria y la pérdida, de alguna forma Enard nos viene a decir que todo está conectado y Sebald y su comienzo en Los Anillos de Saurno estará profundamente conectado a Lenz de Büchner. Más que un ensayo sobre Berlín, Norte acaba siendo una meditación sobre cómo los libros y las ciudades se leen mutuamente, y sobre la manera en que una caminata puede contener siglos de historia cultural.
“Tal vez las amistades mas profundas eran las amistades entre lectores, incluyendo a los escritores, por lo menos aquellos con quienes yo me relaciono, que ante todo son lectores, amantes de la literatura.”
Por eso adquieren una resonancia especial estas palabras del propio Énard: «Cuántas veces no se habrá escrito: “Desgarrado por el dolor, dejó atrás a aquella a quien amaba y se echó a andar por los caminos. De todas las razones para iniciar un viaje, el final de un amor, el agotamiento de una pasión, es quizá la más poderosa; lo mismo que la locura que te asalta repentinamente en medio del dolor”. La frase podría referirse a Lenz de Büchner, pero también al conjunto de Melancolía de los confines:Norte. Porque el libro entero está atravesado por esa intuición: caminamos porque hemos perdido algo, porque buscamos algo o porque todavía no sabemos nombrar aquello que nos falta. Berlín se convierte así en mucho más que un escenario; es el espacio donde la memoria, la literatura y la experiencia personal se encuentran para intentar dar forma a esa ausencia.
“A fin de cuentas, si te sientes decepcionado por un mago que se disponía a enseñarte fantasmas, es porque un poquito en los fantasmas sí que crees...”
Pero
reducir Norte a
una caminata literaria por Berlín sería quedarse solo con una parte
del libro. Entre los filósofos, los novelistas, los artistas y los
recuerdos personales aparecen también historias de amistad y de amor
que terminan constituyendo una corriente subterránea del relato. La
visita a una amiga enferma es, de hecho, el punto de partida de toda
la deriva, que nos quiere
recordar que detrás de la
erudición de Énard siempre hay un impulso afectivo y
que Norte es ante todo y sobre todo, un libro atravesado por el amor,
la amistad y las conexiones que establecemos.
En uno de los momentos más hermosos del libro, el autor recuerda una
carta que Martin Heidegger escribió a Hannah Arendt en 1925:
“Me vino a la memoria una carta que le escribió Martín Heidegger a Hannah Arendt en 1925:
«El martes me hablaste de un modo muy distinto a como lo
habías hecho antes. Esa seguridad en ti misma y, al mismo tiempo,
ese claro y libre pertenecerme».”
La cita
aparece como una de tantas estaciones en el recorrido, pero resulta
reveladora de la sensibilidad de Énard, que acaba convirtiendo
cualquier hallazgo cultural en una reflexión íntima. Porque incluso
cuando habla de filosofía, de historia o de literatura, lo que
parece interesarle es la huella humana que permanece en ellas: los
vínculos, las pasiones, las pérdidas y los encuentros. En Norte,
la cultura nunca es una abstracción; siempre está encarnada en
vidas concretas, en afectos que sobreviven al tiempo y en palabras
que, décadas después, siguen conservando intacta su capacidad de
conmover.
El estilo de Mathias Énard se caracteriza por una combinación poco frecuente de erudición, movimiento continuo y sensibilidad narrativa. Es un escritor que parece pensar escribiendo y escribir mientras viaja. Sus textos rara vez avanzan mediante una trama convencional; progresan más bien por asociaciones, digresiones, recuerdos, referencias culturales y conexiones inesperadas entre lugares, épocas y lenguas. En su erudición no hay exhibición. En Énard, una referencia a un poeta persa, un filósofo alemán o un viajero del siglo XIX aparece con la misma naturalidad con la que otro novelista describiría una conversación o un paisaje. La erudición está integrada en la respiración misma del texto. Tanto en Habladles de batallas… como en este Norte, la voz de Enard es reflexiva, melancólica, muy curiosa y siempre abierta al mundo. Su melancolía no tiene el típico componente sentimental, sino que es una melancolía conocedora de que las vidas humanas son itinerantes y transitorias. Sin embargo, frente a esa conciencia de pérdida, sus libros proponen una forma de resistencia: la lectura, la memoria, el viaje y la conversación entre épocas. Quizá la mejor manera de definir a Énard sea decir que es un escritor de conexiones. Allí donde otros ven fronteras —entre Oriente y Occidente, entre pasado y presente, entre ensayo y novela, entre viaje y reflexión— él encuentra siempre puentes. Y esa capacidad para enlazar mundos distintos es lo que da a su obra esa sensación tan singular de amplitud intelectual y libertad. De hecho, leyendo Melancolía de los confines. Norte, uno tiene a veces la impresión de encontrarse ante una versión caminante y mediterránea de Markson. Como si las constelaciones intelectuales de La amante de Wittgenstein o Esto no esuna novela hubieran abandonado el encierro de la biblioteca para recorrer las calles de Berlín junto a los fantasmas de Walser y Sebald. La comparación resulta especialmente pertinente porque el verdadero protagonista de Norte no parece ser ni Énard ni la propia ciudad, sino una conciencia lectora que avanza por el mundo acompañada por las voces de quienes la precedieron. Sospecho que Mathias Enard se esté convirtiendo en una debilidad…
La traducción es de Robert Juan-Cantavella.
“Narrar es cruzar la distancia que nos separa del ausente; es enterrar lo real en lo irreal mediante el lenguaje, despedazar el mundo para ofrecéselo a unos dioses silenciosos, como el humo de los muslos de cabra de los sacrificios aqueos: la literatura es ese humo, residuo divino que significa la ausencia de aquello que la provocó, para siempre."

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