Pálenka, de Matej Horava

 


♫♫♫  Did you wonder - The Black Heart Procession ♫♫♫


"Hablo conmigo mismo. Leo en voz alta los clásicos griegos y romanos. Repito palabras infantiles, repito palabras hermosas y frases extrañas del dialecto local; hablo rumano, inglés, alemán: al soliloquio le gusta esconderse, le gusta tomar prestadas voces extranjeras, idiomas extranjeros, le gusta inventarse hablantes insólitos y destinatarios aún más insólitos."


Hay territorios literarios a los que uno llega casi por azar y de los que ya no quiere marcharse. Eso me ocurrió hace tres o cuatro años con la literatura de los Balcanes y de Europa Central. Desde entonces vuelvo a ella una y otra vez, atraída por una obsesión que atraviesa muchas de sus páginas: el desarraigo, la memoria y la identidad. Hay algo en esa forma de explorar lo que perdemos, lo que recordamos y quiénes somos que siempre termina interpelándome. Quizá porque yo también me reconozco, en cierta medida, en esa búsqueda. Autores como Daša Drndić o Meša Selimović se han ganado un lugar entre mis escritores de cabecera gracias a una forma de narrar en la que la historia, la memoria y la identidad se entrelazan con una intensidad poco común.


"Pensar en otra cosa, matar un recuerdo con otro ( es la única manera, matar la luz con una luz mas intensa, anegar la oscuridad en una oscuridad abismal)..."


Pálenka, de Matej Horava, ha supuesto una nueva confirmación de esa fascinación, aunque también ha aportado algo diferente. Gran parte de su encanto reside en el escenario donde transcurren sus páginas: el Banato, una de las regiones históricas más singulares de Europa. Hoy repartida entre Rumanía, Serbia y una pequeña porción de Hungría, esta tierra fronteriza ha sido durante siglos un auténtico cruce de pueblos, lenguas y culturas. Rumanos, serbios, húngaros, alemanes del Danubio, checos, eslovacos y otras comunidades han convivido allí, dejando tras de sí un mosaico humano difícil de encontrar en otros lugares del continente. Horava capta con enorme sensibilidad esa riqueza multicultural. El Banato no es únicamente el escenario de sus relatos, sino un personaje más: un territorio donde las fronteras políticas importan menos que las huellas que los distintos pueblos han ido dejando en el paisaje, en las costumbres y en la memoria de quienes lo habitan. Esa capacidad para convertir un espacio tan concreto en un universo literario es, probablemente, una de las mayores virtudes de Pálenka.


"Y entonces ha llegado: el dolor, y la repentina conciencia de una realidad que durante ocho años quedó tapada por paisajes extranjeros, lenguas extranjeras y caras extranjeras; como si me echara las gotas de alcohol en los ojos o en una herida abierta..."


El narrador, un joven profesor checo destinado a una aldea del Banato, parece vivir en una huida constante hacia adelante, como si la única forma de sobrevivir fuera seguir caminando y poner kilómetros de por medio con respecto a una vida anterior que apenas se deja entrever. Sin embargo, el pasado irrumpe una y otra vez en forma de ráfagas: el recuerdo de un amor perdido, escenas de la infancia o emociones que creía enterradas. "Sorbo pálenka de moras en una soledad casi infinita y no puedo encontrar la voz, no puedo recordar." Su estancia en esta región fronteriza funciona así como una suerte de limbo, un territorio suspendido entre el origen y el destino, donde el contacto con los habitantes locales y con una naturaleza omnipresente no ofrece el olvido que buscaba, sino que actúa como un poderoso detonante de la memoria. Hořava prescinde de una trama lineal para construir, a partir de breves fragmentos, un mosaico de impresiones en el que el desarraigo, la identidad y la imposibilidad de escapar de uno mismo acaban imponiéndose como los verdaderos protagonistas de la obra.


"Me besó salvaje, compulsiva, histéricamente; me besó en el momento más inesperado; y entonces dijo también la frase que convirtió la agradable edificación rural en otro punto oscuro del mapa, adonde ya nuna podré ir desde el páramo banatiano: Si solo te pudieras imaginar lo infeliz que soy aquí.... Dios: está palabra me taladrará la cabeza hasta el fin de los días: unglücklich."


Uno de los aspectos que más me ha interesado de Pálenka es su estilo. Hořava renuncia a la narración convencional y construye el libro a partir de capítulos muy breves, pequeñas postales literarias que, más que hacer avanzar una historia, van sedimentando un estado de ánimo. En ellas el paisaje, los encuentros con los habitantes del Banato y los gestos cotidianos se convierten en detonantes de la memoria, permitiendo que afloren, casi siempre en soledad, las huellas de una vida anterior. Hay algo profundamente poético en estos fragmentos: podrían leerse como poemas en prosa, donde importa más la intensidad de la imagen y la emoción evocada que el desarrollo de una trama. Es, ante todo, un libro introspectivo, en el que el silencio, la contemplación y la naturaleza sirven como espejo de una conciencia que intenta comprenderse a sí misma mientras descubre que el pasado nunca deja de acompañarnos. Y será sobre todo un diario íntimo de alguien que en su huida intenta superar el dolor. Un texto de una enorme fuerza sensorial en el que la prosa de Horava nos permite casi oír, oler e incluso saborear la pálenka, ese aguardiente de moras que impregna cada una de sus páginas.

La traducción del checo es de Kepa Uharte.

"Nunca la llamé; quise, pero era tan joven, y no tenía tiempo para nada: mejor dicho, vivía con la sensación de que todavía quedaba mucho tiempo para todo..."

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