Lenz, de Georg Büchner
♫♫♫ Sturm und Drang - Katharine Petkovski ♫♫ ♫
“Finalmente dijo: Sí, señor pastor, verá usted ¡este hastío! ¡este aburrimiento! ¡Ay, es tal el aburrimiento, que no sé ni qué decir, ya he dibujado todas las figuras en la pared. Ojalá fuera yo tan afortunado como usted de encontrar un entretenimiento tan agradable y de esa manera poder matar el tiempo. Todo por ociosidad. La mayoría rezan justo por eso, por aburrimiento; unos se enamoran por aburrimiento, otros son virtuosos, aquellos pervertidos y yo nada en absoluto, nada de nada, ni siquiera he querido suicidarme una vez: es demasiado aburrido.”
Lenz, de Georg Büchner llegó de repente y sin planearlo, claro ejemplo de una de esas obras que llegan a nuestras manos a través de otras lecturas. Fue Mathias Énard quien me condujo hasta ella al mencionarla en Melancolía de los confines. Norte. Los buenos libros —y los buenos escritores— suelen construir una red de referencias que despierta la curiosidad y empuja a seguir leyendo. Quizá por eso me he convertido en una lectora autodidacta: aunque desde fuera pueda parecer que avanzo de manera caótica, sin un plan de lectura prefijado, en realidad son los propios libros los que me van señalando el camino.
Llegué a Lenz siguiendo uno de esos hilos. Y no tardé en comprender por qué Énard lo incorpora a su universo literario. En este breve e intenso relato, Büchner acompaña a un hombre que atraviesa un paisaje montañoso mientras se hunde en una profunda crisis psíquica. El desplazamiento físico y el viaje interior se vuelven inseparables. Algo semejante sucede en Melancolía de los confines. Norte: los territorios del centro de Europa no funcionan como simples escenarios, sino como espacios atravesados por la memoria, la historia y los estados de ánimo. En ambas obras, recorrer un paisaje equivale también a explorar una conciencia.
“Entretanto su situación era cada vez más desesperada, toda aquella serenidad junto a Oberlin y todo aquel sosiego del valle habían desaparecido; el mundo del que él había querido sacar provecho tenía una grieta enorme, no sentía odio, ni amor, ni esperanza; se rellenaba de un vacío tremendo y una inquietud que le atormentaba. No tenía nada. Lo que hacía, lo hacía conscientemente, aunque sin embargo, obligado por un instinto interior. Cuando estaba solo se encontraba tan horriblemente aislado, que hablaba sin parar en voz alta consigo mismo, gritaba, y entonces, volvía sentir pavor.”
Pero el Lenz de Georg Büchner no es un personaje ficticio. Detrás de estas páginas se encuentra Jakob Michael Reinhold Lenz (1751-1792), dramaturgo y poeta del movimiento Sturm und Drang, una figura tan brillante como trágica de la literatura alemana. Büchner se inspira en un episodio real de su vida: la estancia que el escritor pasó en 1778 bajo el cuidado del pastor Johann Friedrich Oberlin en el valle de Steintal. Los diarios y anotaciones de Oberlin, donde se registran las crisis espirituales, los paseos erráticos por la montaña y el progresivo deterioro psicológico de Lenz, sirvieron de base documental para la narración. Sin embargo, Büchner no escribe una biografía al uso. A partir de unos pocos días de la vida de este autor casi olvidado construye una extraordinaria exploración de la conciencia y del sufrimiento mental. La obra sigue a Lenz mientras busca refugio en la naturaleza, la religión y la compañía humana, pero se enfrenta una y otra vez al vacío, al aislamiento y a una realidad que comienza a resquebrajarse. Lo asombroso es la forma en que el paisaje y la percepción se funden desde las primeras páginas: las montañas, la niebla y los caminos no describen únicamente un entorno, sino el estado interior del protagonista. Por ello, el comienzo de Lenz de alguna forma parecen anticipar la narrativa moderna, un texto que no pretende explicar la locura desde fuera, sino hacer que el lector la experimente desde dentro
“Unas nubes negras avanzaban por el cielo sin embargo todo tan denso y, además, la niebla desprendía vapor y atravesaba pesada y húmeda entre los arbustos, tan lenta, tan torpe. […] Algo le inquietaba, buscaba algo, quizá sueños perdidos, pero no encontraba nada. Todo le resultaba tan insignificante, tan próximo, tan mojado, que habría deseado poner la tierra al calor del hogar, no comprendía que le llevara tanto tiempo descender una pendiente para alcanzar un punto a lo lejos, creía que habría podido recorrerlo todo en unos cuantos pasos. Solo a veces sentía una opresión en el pecho cuando la tormenta llevaba las nubes al valle...”
Büchner no se limita a contar la crisis de su protagonista, sino que encuentra la forma de que el lector la experimente. Desde las primeras páginas, el paisaje deja de ser un simple escenario para convertirse en una prolongación del estado de ánimo de Lenz. Las nubes, la niebla, la humedad, las montañas y la tormenta no aparecen descritas desde una mirada objetiva, sino filtradas por una conciencia alterada. Cuando Lenz avanza entre los senderos, siente que todo es «tan insignificante, tan próximo, tan mojado»; el mundo parece deformarse a la medida de su inquietud. No se trata de que el paisaje refleje simbólicamente sus emociones, como ocurriría en buena parte de la literatura romántica, sino de algo mucho más sutil: la realidad y la percepción se funden hasta que resulta imposible separarlas. Por momentos, el lector no sabe si está contemplando una montaña envuelta en niebla o la propia confusión mental del personaje. Todo esto anticipará a otros autores y a mí me llevó directamente a mi experiencia leyendo Helada de Thomas Bernhard, por ejemplo...
“La agitación interior, la música, el dolor, le estremecían. Para él el mundo estaba herido; sentía un profundo e indescriptible dolor por ello.”
Quizás aquí resida, para mí, lo más deslumbrante del relato. Büchner logra representar una conciencia en crisis con una naturalidad que sigue resultando sorprendentemente contemporánea. Lejos de idealizar la locura o convertirla en una experiencia sublime, observa la angustia, el aislamiento y la fragilidad mental con una lucidez muy de ahora. Cuesta creer que el texto fuera escrito en la década de 1830. Mientras muchos de sus contemporáneos seguían explorando la sensibilidad romántica, Büchner está anticipando una forma de narrar que encontraremos décadas más tarde en la literatura del siglo XX. Quizá por eso la lectura de Lenz sigue conservando una fuerza tan intacta: porque más que contar una historia, nos introduce en una manera de percibir el mundo.
Leído después de Énard y gracias a él, resulta imposible no percibir ciertas afinidades: la importancia del paisaje, el viaje como búsqueda, la melancolía que impregna los lugares, el movimiento continuo y esa sensación de que Europa está hecha tanto de territorios reales como de las huellas que han dejado en ellos los escritores y la historia. Pero, sobre todo, la lectura de Lenz me ha recordado hasta qué punto la literatura es una red de filiaciones y descubrimientos. Siempre siento una profunda gratitud hacia aquellos autores que comparten sus lecturas con generosidad, que dejan rastros y referencias en sus libros para que otros lectores podamos seguirlos. Llegar a Büchner de la mano de Énard ha sido uno de esos hallazgos que justifican años de lecturas erráticas y curiosas: la sensación de que los libros dialogan entre sí a través del tiempo y de que, a veces, un escritor admirado nos presenta a otro que termina por convertirse también en una revelación.
La traducción es de Maria Teresa Ruiz Camacho.
“Se despertó sobresaltado entre gritos espeluznantes y empapado en sudor, se levantó y poco a poco comenzó a saber quién era. Tuvo que empezar por las cosas más sencillas para volver en sí. En realidad no lo hizo él mismo sino un poderoso instinto de conservación, era como si el fuera doble, y una parte buscara a la otra para salvarla llamándose a sí mismo.”
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