Besos, Chao, de Claire- Louise Bennett
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"Y me responderá de nuevo. Él responderá y yo responderé y él responderá, ¿y exactamente durante cuánto tiempo se prolongará? ¿y por qué? Yo no quiero sus emails ni quiero que él reciba mis emails. ¿Para qué? No sabe nada de mí. Ninguno sabe nada de nada."
Lo que en algún momento nos parecía decisivo acaba pasando, incluso
sin despedidas. Las personas, los deseos, las obsesiones y las
certezas que ocupaban el centro de nuestra vida se desplazan poco a
poco hacia los márgenes, a veces de forma tan silenciosa que apenas
advertimos su desaparición. Hay títulos que contienen ya una
declaración de intenciones. Big Kiss, Bye-Bye aquí traducido como
Besos, chao, de Claire-Louise Bennett, parece condensar en cuatro
palabras esa extraña dinámica del tiempo: aquello que parecía
imprescindible termina por quedar atrás. Un gran beso, un adiós —o
ni siquiera eso— y después la vida continúa. O eso creemos.
La novela se
adentra precisamente en ese territorio ambiguo donde las relaciones
terminan sin desaparecer del todo. Bennett explora cómo las personas
que han sido importantes permanecen alojadas en la memoria,
influyendo silenciosamente en nuestra manera de entender el amor, la
amistad, el deseo y nuestra propia identidad. Porque el cerebro
humano no funciona mediante cierres perfectos; los vínculos
significativos quedan archivados en alguna parte de nosotros y
reaparecen años después en forma de recuerdos, asociaciones o
preguntas inesperadas. En este sentido, Big Kiss, Bye-Bye no
es solo una reflexión sobre las relaciones amorosas, sino también
sobre la persistencia emocional. La novela sugiere que ciertas
conexiones sobreviven al paso del tiempo no porque impidan seguir
adelante, sino porque forman parte de quienes hemos sido. A veces
volvemos mentalmente a determinadas personas o lugares no para
recuperar el pasado, sino para reencontrarnos con una versión de
nosotros mismos que todavía sigue allí, esperando en la
memoria.
Mi interés por esta novela nace también de mi
admiración por la obra anterior de Claire-Louise Bennett, Caja 19.
Su extraordinaria capacidad para explorar la conciencia, los
pensamientos erráticos, la percepción y los mecanismos de la
memoria me llevó, hace tiempo, a emprender la lectura de las
memorias y la obra de Virginia Woolf — en ello sigo— y tengo que
agradecérselo a la lectura de Caja 19 y a sus resonancias. En Bennett encontré ecos de
Woolf: la misma atención a los movimientos más sutiles de la mente,
la misma voluntad de convertir la experiencia interior en materia
literaria. Más que una influencia explícita, percibí una afinidad
profunda que hizo que regresar a Woolf fuera casi una consecuencia
natural de leerla.
"Ahora que
estoy aquí disfruto del hecho de que Xavier no sepa que ya no estoy
dónde estaba. No tiene ni idea. Al mismo tiempo, esa manera abrupta
de cortar lazos conmigo, es algo que me sigue impactando y me resulta
imposible volver a contactar con él..."
Los
recuerdos más recurrentes de la protagonista, que permanece sin
nombre a lo largo de la novela, giran en torno a Xavier, un hombre
que se resistía a convertir su relación en una simple amistad. La
narradora lo observa desde la distancia del tiempo, consciente de la
pérdida pero incapaz de expulsarlo del todo de su mundo interior.
«Te ha perdido, pero sigues ahí», le dice una amiga.
Más tarde, ella reformula esa idea para sí misma: «Xavier se ha
ido, pero sigue ahí». Estas frases condensan uno de los núcleos
emocionales de esta novela.
No se trata del deseo de recuperar una relación ni de la
imposibilidad de seguir adelante, sino de una constatación más
compleja: algunas personas continúan habitando nuestra memoria mucho
después de haber abandonado nuestra vida. Bennett convierte esa
presencia fantasmal en materia narrativa y explora cómo la mente
regresa una y otra vez a determinados vínculos, no para revivirlos,
sino porque forman parte de la historia que nos contamos sobre
nosotros mismos y porque muestra las dos caras del duelo afectivo: la
aceptación racional y la persistencia emocional.
La
relación con Xavier está marcada también por la conciencia de un
límite irrevocable. En uno de los pasajes más reveladores, la
narradora confiesa: «A veces me paso semanas reflexionando
sobre si escribir a Xavier, pero había llegado a aceptar el estado
de las cosas; él no quería seguir en contacto, no quería una
amistad por correspondencia, lo entendía». La fuerza de
esta reflexión reside precisamente en la ausencia de dramatismo. No
hay reproche ni esperanza de reconciliación, sino el reconocimiento
de una realidad que duele y, al mismo tiempo, debe ser respetada. Sin
embargo, comprender una pérdida no equivale a dejarla atrás. Aunque
la protagonista acepta la decisión de Xavier, su pensamiento sigue
regresando a él, demostrando que la memoria no obedece a la
voluntad. Bennett retrata con extraordinaria precisión esa paradoja:
podemos asumir que una relación ha terminado y, aun así, continuar
dialogando con ella en nuestro interior durante años.
Todo ello está
narrado mediante un estilo que constituye una de las señas de
identidad de Claire-Louise Bennett. Más que contar una historia de
forma lineal, la autora reproduce el movimiento mismo de la
conciencia: asociaciones inesperadas, recuerdos fragmentarios,
observaciones aparentemente triviales y cambios constantes entre
pasado y presente. El monólogo interior domina la novela, pero se
trata de un monólogo especialmente atento al mundo material. Un
objeto olvidado, una habitación, una prenda de ropa, una bebida o un
paisaje se convierten en detonantes de la memoria y del pensamiento.
Aquí los pequeños detalles cotidianos nunca son meramente
decorativos. Funcionan como puntos de anclaje desde los que la
narradora reconstruye su experiencia emocional y afectiva. Bennett
parece compartir con Virginia Woolf la convicción de que la vida
interior no se manifiesta a través de los grandes acontecimientos,
sino en esas percepciones mínimas que suelen pasar desapercibidas.
La memoria avanza entonces no de forma ordenada, sino siguiendo la
lógica caprichosa de la mente, donde una sensación presente o un
objeto olvidado en una habitación pueden convocar de repente una
escena ocurrida años atrás.
Esta dimensión
resulta aún más interesante porque la protagonista es escritora. La
novela reflexiona constantemente sobre la relación entre experiencia
y escritura, sobre cómo transformar los fragmentos dispersos de una
vida en relato. Los recuerdos de Xavier, las observaciones del día a
día y las reflexiones sobre el deseo no aparecen únicamente como
materia narrativa, sino también como material de trabajo para una
conciencia que intenta comprenderse a sí misma mediante el acto de
escribir. En ese sentido, la escritura no funciona como una solución
al recuerdo, sino como una forma de habitarlo y explorarlo. Nunca
podré estarle lo suficientemente agradecida a Claire-Louise Bennett
por haberme devuelto a Virginia Woolf en su momento. O, más
exactamente, por haberla resucitado para mí. Leyéndola, volví a
encontrar esa atención radical a los movimientos de la conciencia,
esa forma de convertir lo aparentemente insignificante en materia
literaria. Pero sería injusto leer a Bennett únicamente a la sombra
de Woolf. Si algo demuestra leerla es que su escritura no depende de
ninguna herencia, por ilustre que sea. Hay ecos, afinidades,
conversaciones a través del tiempo; pero también una voz propia,
inconfundible y única. De las autoras más interesantes ahora mismo.
La traducción es de Silvia Martín Salvador
“Cuando estoy escondida ya nadie puede pensar en mi. Estoy escondida. ..entonces ¿cómo ibas a poder imaginarme?"
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