Paseos con Robert Walser, de Carl Seelig

  


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Es una verdadera desgracia que un autor no encuentre el reconocimiento con su primer libro, como me ha ocurrido a mí. Entonces, todos los editores se creen con derecho a darle consejos acerca de cómo puede alcanzar el éxito del modo más rápido. Ese seductor canto de sirena ha arruinado ya a más de una naturaleza débil."


No tenía previsto cerrar aquí mi pequeña serie de Los Errantes. De hecho, sospecho que una serie así no puede cerrarse nunca del todo: siempre aparece otra figura desplazada, otro caminante, otro observador que vive en los márgenes y obliga a prolongar el recorrido. Sin embargo, al llegar a Paseos con Robert Walser, de Carl Seelig, tuve la sensación de haber alcanzado una especie de origen, o quizá un punto de condensación de todas las intuiciones que habían ido apareciendo en lecturas anteriores.

La secuencia había comenzado, para mí, con Clemens J. Setz y su Seis miniaturas sobre la verdad, donde ya asomaban personajes excéntricos, vidas laterales y formas de conocimiento ajenas a los grandes relatos. Después me reencontré con W. G. Sebald, cuya obra convirtió el vagabundeo, la memoria y la desaparición en un método de exploración literaria. Pero al leer a Seelig acompañando a Robert Walser por los caminos de Herisau comprendí que quizá muchas de esas líneas ya estaban contenidas aquí, en estado germinal. Porque Paseos con Robert Walser es una obra difícil de clasificar: a medio camino entre la biografía, el diario de conversaciones y el testimonio literario. El libro recoge los encuentros y caminatas que Seelig mantuvo con Walser entre 1936 y 1956, durante los años en que el escritor vivía internado en instituciones psiquiátricas suizas. Lo extraordinario es que de ese material aparentemente modesto —unas visitas periódicas, unas conversaciones dispersas, unos paseos por el campo— emerge una de las figuras más fascinantes de la literatura europea del siglo XX.


"En mi entorno siempre ha habido complots para rechazar a bicharracos como yo. Siempre se rechazaba, con arrogancia y distinción, todo lo que no tenía cabida en el propio mundo. Jamás me atreví a abrirme paso. Ni siquiera tuve el coraje de echar un vistazo. Así que viví mi propia vida, y ¿acaso no estuvo bien así? ¿No tiene mi mundo derecho a existir, aunque en apariencia sea un mundo más pobre e impotente?


Si Sebald convirtió al caminante en una figura central de su imaginario, aquí encontramos quizá su antecedente más puro. Walser no camina para llegar a ninguna parte ni para resolver un conflicto; camina porque caminar es su forma de estar en el mundo. Y Seelig, con una mezcla de admiración, paciencia y fidelidad, se limita a acompañarlo y a registrar lo que ocurre en ese movimiento. El resultado es un libro que parece avanzar sin rumbo fijo y que, sin embargo, termina revelando algo esencial sobre la literatura, la memoria y la extraña dignidad de quienes habitan los márgenes. Por tanto se puede decir que esta crónica no cierra la serie de Los Errantes por agotamiento, sino porque me ha llevado al manantial del que después beberán otros que formarán parte de esa tradición de escritores fascinados por la errancia.

 

"Él no estaba de moda. Casi todos se vuelven locos por la moda. ¿No es un lamentable espectáculo que algunos editores, apenas han dejado de sonar las campanas de la victoria, se presentan en Londres para no llegar tarde al cocido? En su opinión, no les iría mal algo más de idealismo y algo menos de habilidad comercial."


Pero para comprender realmente este libro conviene detenerse un momento en Carl Seelig. Porque Paseos con Robert Walser no es únicamente el retrato de un escritor retirado del mundo; es también el retrato de quien decidió no abandonarlo. Seelig, periodista, editor y mecenas cultural, conoció a Walser en 1936, cuando este ya llevaba años apartado de la vida literaria y residía en el sanatorio de Herisau, completamente apartado de todo, incluido de su familia y de la escritura. Para la mayoría era una figura casi desaparecida; para Seelig seguía siendo uno de los grandes escritores de lengua alemana.

Lo que me llama la atención de esta relación que no sabría si calificar de amistad, es la persistencia de esa devoción. Durante dos décadas, Seelig regresó una y otra vez a Herisau para acompañar a Walser en sus largas caminatas, tres o cuatro veces al año, y Walser en su día libre del sanatorio, lo esperaba en la estación de tren, y ambos se embarcaban en largas caminatas, mientras hablaban, o en silencio, internándose en restaurantes para comer, o en tabernas para beber. Seelig le llevaba libros, tabaco, comida, noticias del exterior; organizaba excursiones y se preocupaba por su bienestar material. La admiración literaria explica parte de esa fidelidad, pero no toda. Con el paso de los años parece surgir algo más complejo: una mezcla de afecto, fascinación y necesidad. Seelig buscaba en Walser al escritor que admiraba, pero también al hombre que había renunciado —voluntaria o involuntariamente— a las ambiciones que gobiernan la vida de los demás. De alguna forma Seelig intentaba desentrañar el misterio del aislamiento de Walser y de la causa de que no quisiera seguir escribiendo, aunque en algún momento, Walser le deja claro, que le era imposible escribir privado de la libertad. Mientras Seelig intenta comprender, preservar y quizá incluso descifrar a Walser, este permanece esquivo, cortés y distante. Acepta la compañía, disfruta de los paseos, conversa sin reservas aparentes, pero rara vez ofrece la revelación que su interlocutor parece perseguir, solo en contadas ocasiones. En cierto sentido, el libro entero nace de esa tensión: la perseverancia de una mirada que intenta acercarse a un misterio que nunca termina de entregarse.

Lo más desconcertante de estos encuentros es que Walser parece resistirse constantemente a convertirse en personaje. Cada vez que Seelig intenta conducir la conversación hacia la literatura, hacia el pasado o hacia alguna reflexión de mayor alcance personal, su interlocutor desvía el rumbo con una naturalidad desarmante. Habla de una comida especialmente buena, de una colina que se recorta en el horizonte, de una anécdota insignificante o simplemente del paisaje que atraviesan mientras caminan. Como si desconfiara de toda tentativa de explicación, Walser rehúye la interpretación de sí mismo y se refugia en lo inmediato. Por eso Paseos con Robert Walser puede leerse también como la crónica de una búsqueda imposible. Seelig persigue la revelación del gran escritor desaparecido; Walser, en cambio, responde con detalles cotidianos, observaciones fugaces y silencios. Y acaso sea precisamente en esa negativa a explicarse donde termina revelándose con mayor claridad.


"Combates aéreos a gran altura Los campesinos interrumpen su trabajo y miran fijamente el cielo. Robert en cambio se dedica más a los abetos y a las flores, las limpias casitas y empinadas laderas de Appenzell. Todo el paseo matinal es un continuo extásis para él."


Hay además una paradoja temporal que recorre todo el libro. Los paseos de Seelig y Walser transcurren entre 1936 y 1956, es decir, durante algunos de los años más convulsos de la historia europea: el ascenso del nazismo, la Segunda Guerra Mundial, la devastación del continente y la larga reconstrucción de la posguerra. Sin embargo, apenas se percibe el vértigo de esos acontecimientos. Mientras Europa se precipita de una catástrofe a otra, Walser permanece en Herisau, recorriendo los mismos caminos, observando los mismos paisajes, atento a los pequeños cambios de las estaciones. Los paseos adquieren así la condición de un extraño refugio temporal, una suspensión de la historia en medio de la Historia.


Cuando los artistas no mantienen una relación de tensión con la sociedad, se paralizan con rapidez. No pueden dejarse mimar por ella, porque entonces se sienten obligados a plegarse a las circunstancias dadas, Nunca, ni siquiera en los periodos de mayor pobreza, me dejé comprar por la sociedad. Siempre antepuse mi libertad personal."


Quizá por eso la figura de Walser siempre me ha parecido tan fascinante porque lo que intuía en sus textos, ya aquí queda muy claro con las citas y las aseveraciones que salen a relucir en sus conversaciones con Seelig. "- Hoy se viaja demasiado. La gente parte en bandadas hacia tierras extrañas, sin temor, como si fueran sus legítimos propietarios. ¿Para qué necesitan viajar los escritores mientras tengan imaginación?" Me fascina Walser no porque encarne una forma de resistencia consciente, sino porque parece haberse deslizado fuera de las coordenadas habituales con las que medimos una vida. En una época dominada por la productividad, la ambición profesional, el prestigio y la visibilidad pública, Walser aparece como alguien situado más allá —o más acá— de todas esas exigencias. Había abandonado la vida literaria, dejado de publicar y renunciado a cualquier expectativa de reconocimiento. Voluntaria o involuntariamente, su existencia se había desplazado hacia un territorio marginal desde el que observaba el mundo sin participar ya de sus competiciones. Y es precisamente esa posición excéntrica, esa manera de habitar los márgenes de la historia y de la sociedad, la que convierte estos paseos en algo más que un documento biográfico: en una meditación sobre otras formas posibles de estar en el mundo.


"-Encontré ese punto de vista en uno de sus libros, en el que dice: ¿Acaso la naturaleza viaja al extranjero? Miro los árboles y me digo si ellos no se van, ¿por qué no iba yo a poder quedarme?
-Sí, el viaje solo es importante en sí mismo, dice Robert.
"


En mi caso, además, la lectura estuvo acompañada por una extraña sensación de regreso. Los paisajes por los que caminan Seelig y Walser —Appenzell, St. Gallen, las suaves colinas del noreste suizo— son también los paisajes de mi infancia, lugares que me resultaron familiares hasta la adolescencia. A medida que avanzaba en el libro no tenía la impresión de descubrir un territorio literario, sino de volver a recorrer espacios que permanecían intactos en algún rincón de la memoria. Tal vez por eso la atmósfera de estas páginas me ha resultado tan poderosa. Porque más allá de Walser, de Seelig o de la propia literatura, en ellas sobrevive una Suiza que ya no sé si pertenece a la realidad o a la memoria; una Suiza atemporal, firmemente enlazada a los recuerdos de la infancia, a los caminos rurales, a las estaciones que avanzan lentamente y a una forma de mirar el mundo que parecía no tener prisa.

Quizá sea esa la razón por la que este libro permanece mucho tiempo después de haberlo terminado. No porque responda a las preguntas que plantea, sino porque las deja abiertas. ¿Qué queda de una vida cuando desaparecen la ambición, el prestigio y el reconocimiento? ¿Qué permanece cuando el ruido del mundo se aleja? Walser nunca ofrece una respuesta. Simplemente sigue caminando. Y tal vez sea suficiente.

La traducción es de Carlos Fortea

Cuanta menos acción hay y más pequeño es el entorno que precisa un poeta, tanto mayor suele ser su talento. Desconfío de antemano de los escritores que se exceden en la acción y necesitan el mundo entero para sus personajes. Las cosas cotidianas son lo bastante bellas y ricas como para poder sacar de ella chispazos poéticos.”

 

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