Ve y dilo en la montaña, de James Baldwin

  


  ♫♫♫ The Sad God - Gorrillaz 

 (feat. Black Thought, Ajay Prasanna and Anoushka Shankar) ♫♫♫

 

 y le susurró al oído mientras regresaba al salón: - Oye, tu hermano mayor te va a decir una cosa, cariño. En cuanto puedas tenerte en pie, huye de esta casa, huye muy lejos."


Hacía tiempo que quería acercarme a la obra de James Baldwin, uno de esos autores que aparecen una y otra vez cuando se habla de la gran literatura estadounidense del siglo XX. Y desde luego, Ve y dilo en la montaña no me ha decepcionado, todo lo contrario, lo que me impacta de esta novela es su capacidad para abordar cuestiones tan universales como la identidad, la fe, el poder, la familia o la búsqueda de la libertad desde una voz profundamente íntima. Baldwin parte de la experiencia concreta de un adolescente afroamericano en el Harlem de los años 30, John Grimes, pero consigue que sus conflictos resuenen mucho más allá de ese contexto. A través del viaje espiritual de John Grimes, muestra cómo las estructuras de poder —especialmente la religión y la familia— pueden socavar la identidad individual, Baldwin coloca al lector justo al lado de John y a partir de aquí la novela se irá abriendo frente a él.

El primer segmento de la novela está narrado desde el punto de vista de John Grimes, un adolescente de catorce años. Baldwin nos introduce en su mundo sin apenas darnos información sobre el contexto familiar: conocemos únicamente las impresiones, los miedos y las emociones de John, que crece en un entorno profundamente religioso donde su padrastro, el reverendo Gabriel, parece poco menos que la encarnación del diablo en la Tierra. Sin embargo, a medida que la novela avanza y vamos conociendo los puntos de vista de otros personajes —su tía Florence, el propio Gabriel y su madre, Elizabeth—, el lector empieza a situarse y a comprender que la realidad es mucho más compleja de lo que parecía en un principio. Las distintas voces interiores van completando el puzzle familiar y revelarán las heridas, frustraciones y contradicciones que han marcado la vida de cada uno de ellos. Es precisamente ahí donde Baldwin demuestra su enorme talento: evita los personajes planos y los juicios fáciles. Incluso aquellos que inicialmente parecen más crueles o antipáticos terminan adquiriendo una profundidad humana que obliga al lector a replantearse sus primeras impresiones. Y asistiremos al despertar de la conciencia de John, que va percatándose de  la vida que lo circunda:



"- Mamá, ¿papá es un buen hombre?
Ni él mismo sabía que iba a plantear esa pregunta, y vio atónito como la madre apretaba los labios y se le ensombrecía la mirada.
"


Quiero detenerme especialmente en este primer segmento porque, tanto temática como estructuralmente, marca la pauta de hacia dónde quiere llevarnos Baldwin y porque es el que realmente me ha impactado. Lo que en un principio parece una novela relativamente accesible, narrada con claridad y apoyada en la mirada de un adolescente, va revelándose poco a poco como una obra de una complejidad extraordinaria. Baldwin utiliza a John como guía, pero también como filtro: durante buena parte de la novela solo conocemos aquello que él conoce, sentimos aquello que él siente y juzgamos a los demás desde su limitada experiencia. Por eso, cuando más adelante accedemos a las voces de Florence, Gabriel y Elizabeth, y la narración retrocede varias décadas hasta un tiempo anterior incluso al nacimiento de John, el lector puede sentirse inicialmente desorientado. Sin embargo, la figura de John nunca desaparece del todo. Aunque esté ausente de esos episodios, no podemos desligarnos de la certeza de que todas esas historias desembocarán en él, de que las decisiones, heridas y frustraciones de sus mayores acabarán moldeando la vida del muchacho que hemos aprendido a conocer y que a mí, me ha conmovido tanto. De este modo, Baldwin amplía progresivamente el horizonte de la novela y nos hace comprender que la historia que creíamos estar leyendo era apenas una parte de un entramado familiar mucho más amplio y complejo.


Admito que hubo momentos de este tramo que me emocionaron muchísimo. John, con apenas catorce años, está completamente perdido en un entorno familiar en el que la religión lo impregna todo, hasta el punto de que la vida cotidiana parece subordinada a una permanente vigilancia moral. Es un mundo en el que, aparentemente, ni siquiera el día de su cumpleaños merece ser celebrado o recordado. Sin embargo, Baldwin evita caer en el maniqueísmo. Entre la dureza, la culpa y las imposiciones surgen pequeños atisbos de luz, gestos de afecto y contradicciones que dotan a los personajes de una enorme humanidad. Y es ahí donde empieza a apreciarse uno de los grandes logros de la novela: la manera en que muestra lo difícil que resulta sostener las máscaras que las personas se ven obligadas a representar. Ningún personaje encarna mejor esta idea que Elizabeth, la madre de John. A través de ella, Baldwin deja entrever el peso de los sacrificios, las renuncias y los silencios que exige la supervivencia. Poco a poco comprendemos que detrás de las apariencias hay vidas enteras marcadas por el dolor, el deseo, la culpa y la necesidad de encontrar algún tipo de redención. Y es precisamente esa acumulación de matices la que convierte a Ve y dilo en la montaña en mucho más que una novela sobre la religión: es una exploración profundamente humana de las heridas que heredamos y de las identidades que intentamos construir a pesar de ellas, y tengo que añadir, además de todo esto, que los retratos femeninos de Baldwin son apabullantes


"Con el nacímiento de Gabriel, que llegó cuando ella tenía cinco años, su futuro quedó sepultado . Solo había un futuro en esa casa, el de Gabriel, por el cual, dado que Gabriel era el hijo varón , había que sacrificar todo lo demás. Necesitaba la educación que Florence anhelaba mucho más que él, y que podría haber recibido si él no hubiera nacido."


Quizá uno de los temas que más fuerza tienen en la novela sea el de la hipocresía religiosa, una realidad de la que John es testigo desde muy pequeño debido al entorno en el que se mueve su familia y que produce un profundo dolor y sufrimiento dentro del seno familiar. La religión está presente en cada aspecto de sus vidas y se presenta como una guía moral absoluta, pero Baldwin se encarga de mostrar las grietas de ese discurso a través de sus personajes. La figura de Gabriel, el reverendo, resulta fundamental en este sentido. Como predicador, exige obediencia, pureza y perfección moral a quienes le rodean, especialmente a John. Sin embargo, a medida que conocemos su historia, descubrimos a un hombre lleno de contradicciones, errores y pecados que él mismo se niega a reconocer con la misma severidad que aplica a los demás. Baldwin no está atacando la fe en sí misma, sino cuestionando la autoridad moral de quienes utilizan la religión como instrumento de poder mientras son incapaces de enfrentarse a sus propias faltas pero lo interesante es que esta crítica nunca resulta simplista. Gabriel no es un villano unidimensional, sino el producto de sus propias frustraciones, miedos y heridas. Precisamente por eso la novela resulta tan poderosa: porque muestra cómo la religión puede servir de refugio y de consuelo, pero también convertirse en una herramienta para justificar el control, la culpa y el sufrimiento. 


- Naciste salvaje, y morirás salvaje. Pero no sirve de nada que intentes llevártelo todo por delante. No puedes cambiar nada, Gabriel. Deberías saberlo a estas alturas.”


Otro de los aspectos que más me han interesado de la novela es la forma en que Baldwin aborda el racismo. Evidentemente, el sufrimiento y la injusticia que supone ser negro en una sociedad dominada por los blancos están presentes en todo momento. Las oportunidades limitadas, la pobreza, la discriminación y la sensación de vivir en un mundo diseñado por otros forman parte de la experiencia cotidiana de los personajes. Sin embargo, Baldwin evita convertir la novela en un relato maniqueo o en una simple confrontación entre blancos y negros. Lo que hace tan especial su aproximación es que los personajes no hablan desde un discurso político, sino desde su experiencia íntima. Han crecido dentro de esa realidad y, en muchos aspectos, la han normalizado porque no conocen otra cosa. El racismo aparece entonces como una presencia constante, una especie de telón de fondo que condiciona sus vidas sin necesidad de ocupar siempre el centro de la escena. Por eso la novela no trata tanto sobre el enfrentamiento racial como sobre las consecuencias humanas de ese sistema de opresión. Baldwin está más interesado en mostrar cómo el racismo moldea las expectativas, los sueños, los miedos y las relaciones familiares que en construir un relato de buenos y malos. El resultado es mucho más complejo y, precisamente por ello, mucho más conmovedor. Los personajes sufren por el color de su piel, pero también por sus errores, sus frustraciones, sus deseos y sus contradicciones. Son personas completas antes que símbolos, y esa es una de las grandes virtudes de la novela


Más allá de los acontecimientos que conforman la trama, lo que convierte Ve y dilo en la montaña en una novela extraordinaria es la mirada de Baldwin sobre sus personajes. Baldwin parece menos interesado en narrar lo que ocurre que en explorar cómo sus personajes sienten, recuerdan, desean y se enfrentan a sus propias contradicciones. Por eso la novela trasciende su contexto histórico y social: porque en el centro de todo no están los grandes acontecimientos, sino personas intentando comprender quiénes son y cómo vivir dentro de un marco que las oprime. Esa atención minuciosa a la vida interior de sus personajes es, quizá, la mayor muestra del talento literario de Baldwin y la razón por la que este texto sigue conservando toda su fuerza décadas después. Prodigioso Baldwin.

La traducción es de Ismael Attrache.

 

Pero recordar desde la pedregosa llanura junto al camino que llevaba ese lugar no es en absoluto lo mismo que transitar ese camino; la perspectiva, por decirlo suavemente, solo cambia con el viaje; solo cuando en el camino, de un modo completamente abrupto y traicionero, y con una rotundidad que impide cualquier discusión, se presenta una curva o una pendiente o una subida, se puede ver todo lo que la persona no podría haber visto desde ningún otro punto.”

 










 James Baldwin, from another Place, 1973, Sedat Pakay

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