El verano eterno, de Franziska Gänsler

 




Hay libros que me dejan fría y, por lo general, nunca los reseño. Me cuesta escribir sobre una lectura que no me ha provocado casi nada. Sin embargo, con Ewige Sommer de Franziska Gänsler quiero hacer una excepción, porque me ha servido para poner nombre a algo que llevo tiempo pensando: muchas veces no es la historia lo que marca la diferencia entre una novela que me atrapa y otra que me deja indiferente, sino la voz desde la que está contada. Quizá esa sea la verdadera razón por la que he querido escribir esta crónica. Si una lectura no conecta conmigo, suelo pensar que simplemente no era para mí y paso a la siguiente pero con Ewige Sommer he sentido la necesidad de detenerme porque me ha ayudado a poner en palabras algo que, con los años y el propio bagaje lector, cada vez identifico antes: hay novelas que sabes desde las primeras páginas que difícilmente van a conquistarte, no porque la historia no sea interesante, sino porque el lenguaje no establece ese vínculo contigo.

Cada lector busca cosas distintas. Yo necesito sentir que el lenguaje participa de la experiencia. Que la prosa no solo describa una atmósfera, sino que la construya. Que la sintaxis, el ritmo, las imágenes y la elección de las palabras hagan el mismo trabajo emocional que la trama. Y no que solo registre unos datos y los transmita al lector.

Ewige Sommer tiene todos los ingredientes para fascinarme: un verano interminable, un bosque amenazante, el aislamiento, una naturaleza cada vez más hostil y el trasfondo de la crisis climática. Sobre el papel, es exactamente el tipo de novela que disfruto. Sin embargo, mientras avanzaba en la lectura, tenía la sensación de que la atmósfera nunca terminaba de alcanzarme. La historia transcurre en un hotel prácticamente vacío. La ola de calor sofocante, provocada por un bosque que arde sin descanso, ha espantado a los clientes y solo queda Iris, la mujer que lo regenta. Sin embargo, tampoco ella termina de adquirir un verdadero espesor psicológico. Nunca llegué a tener una imagen clara de quién es más allá de lo que hace pero tampoco del resto de los personajes, incluyendo a la niña de tres años que  podría ser perfectamente una niña de diez años.... A este escenario llegan una madre y su hija, que parecen estar huyendo de algo. Su presencia introduce un misterio que debería ir cargando el ambiente de tensión, pero, incluso con todos esos elementos, nunca conseguí conectar con la novela. Sentía que asistía a un registro de los acontecimientos, pero no a una experiencia emocional. La tensión está en lo que ocurre, no en la forma en que está contada. La novela quiere transmitir una sensación de amenaza latente y de claustrofobia, pero el lenguaje resulta demasiado neutro, demasiado funcional. La escritura describe el calor, el bosque o la tensión entre los personajes, pero rara vez los convierte en una experiencia para el lector. La intención está ahí, pero el efecto no.

Hay novelas en las que la claustrofobia nace precisamente del estilo. No hace falta que ocurran grandes cosas: basta con que las frases se cierren sobre los personajes, que el ritmo se vuelva obsesivo o que las imágenes transmitan una incomodidad constante. Hace poco leí Lo que pasa de noche, de Peter Cameron, que también transcurre en un hotel aislado en alguna parte de Europa Central y me pareció un buen ejemplo de ello. Su prosa es contenida, incluso sobria, pero posee una voz inconfundible. Hay silencios, pequeños desplazamientos en el tono y una forma de mirar los espacios que hace que todo resulte ligeramente inquietante. 

Ahí es donde, para mí, Ewige Sommer se queda a medio camino. Porque una cosa es una prosa sobria y otra una prosa que solo registre información.. El libro me dice que el calor es asfixiante, pero nunca siento que el aire pese. Y quizá esa sea la conclusión de esta lectura: no siempre abandono o termino un libro porque falle su argumento. A veces lo que echo en falta es una voz capaz de transformar una buena idea en una experiencia literaria. De modo que esta crónica no existe solo porque el texto no haya conectado conmigo (porque si no no la habría escrito), sino porque me ha servido para entender y explicar cuál es el papel del lenguaje en mi forma de leer.  

Más que una crónica sobre el libro de Franziska Gämsler, esto ha acabado resultando una reflexión personal, o un interludio, sobre el acto de leer y las conexiones que establecemos, o no...

La traducción del alemán es de Marc Jiménez Buzzi.





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