Allá abajo (Là-bas), de Joris-Karl Huysmans

  


 ♫♫♫  With you in my head - UNKLE [ft. The Black Angels] ♫♫♫ 

 

 

"La verdad es que he leído su última novela....dolorosa cual los latidos de un alma aprisionada..."


Empecé Allí abajo (Là-bas) con verdadero interés. La novela se mueve en dos planos que avanzan en paralelo y acaban confluyendo mutuamente. Por un lado, seguimos a Durtal, un escritor que trabaja en un libro sobre Gilles de Rais, el noble francés del siglo XV que luchó junto a Juana de Arco y que más tarde fue condenado por una serie de crímenes atroces y por su vinculación con prácticas satánicas. A través de esta línea argumental, el lector asiste también a la construcción del propio libro que Durtal va escribiendo sobre un personaje tan fascinante como perturbador.

Por otro lado, acompañamos a Durtal en una investigación mucho más personal, una búsqueda espiritual e intelectual marcada por su obsesión con el problema del mal y por la sospecha de que las fuerzas oscuras que encarnó Gilles de Rais siguen presentes, aunque bajo nuevas formas, en la sociedad de su tiempo. Todo ello se entrelaza con su relación con Hyacinthe Chantelouve, una mujer casada cuya presencia lo arrastra aún más hacia territorios ambiguos y peligrosos. La reconstrucción histórica y la indagación metafísica terminan fundiéndose así en una misma reflexión sobre la persistencia del mal a través de los siglos.

 

"La gran dificultad consiste en explicar como este hombre, que fue valiente capitán y buen cristiano, se convirtió súbitamente en sacrílego y sádico, cruel y cobarde."


Y esta reflexión sobre el mal constituye probablemente el verdadero núcleo de Allá abajo. Durtal parte de una pregunta que, a finales del siglo XIX, resultaba especialmente provocadora: si la sociedad moderna se considera racional, científica y progresista, ¿por qué el mal no ha desaparecido? ¿Dónde se esconde ahora? Su investigación sobre Gilles de Rais le sirve para examinar una de sus manifestaciones más extremas y visibles: la crueldad, el crimen y la fascinación por lo demoníaco. El propio Rais llega a afirmar: «Me sentía más contento gozando con las torturas, las lágrimas, el espanto y la sangre que con cualquier otro placer». Sin embargo, Durtal acaba llegando a una conclusión inquietante: el mal no pertenece únicamente al pasado medieval. Lo único que han cambiado son sus formas. La modernidad no lo ha erradicado; simplemente lo ha vuelto más discreto, más sofisticado y, por ello mismo, más difícil de reconocer. De ahí su interés por el satanismo contemporáneo, que no interpreta como una mera extravagancia o una moda decadente, sino como una prueba de que la dimensión espiritual —incluida su vertiente más oscura y demoníaca— sigue actuando bajo la superficie de la sociedad moderna.

 

 "Porque ese barón de Reis está casi aislado en su época. Mientras sus iguales solo son simples brutos, él desea los refinamientos desenfrenados del arte, sueña con la literatura tenebrosa y lejana, compone incluso un tratado sobre el arte de evocar a los demonios, no quiere más que rodearse de objetos inhallables, de cosas raras."


La combinación de novela histórica, ensayo, investigación sobre lo sobrenatural y exploración de los márgenes espirituales de la modernidad prometía una lectura fascinante. Durante las primeras páginas, Huysmans consigue crear una atmósfera inquietante y sugestiva, poblada de iglesias sombrías, eruditos excéntricos, celebrantes de misas negras, castillos medievales que parecen esconder lo peor de la condición humana y constantes reflexiones sobre la decadencia de la sociedad contemporánea. Sin embargo, a medida que avanzaba en la novela, fui perdiendo la conexión con ella. No se debió únicamente a la representación de las mujeres, que hoy resulta difícil de pasar por alto, sino a una sensación más amplia de estar ante un universo profundamente masculino, encerrado en categorías mentales heredadas del mundo medieval. Los personajes interpretan la realidad a través de oposiciones rígidas —pureza o pecado, santidad o depravación, salvación o condena— que terminan reduciendo la complejidad de la experiencia humana. Más que los elementos satánicos o las obsesiones de sus protagonistas, lo que acabó agotándome fue precisamente esa visión tan cerrada y, en cierto modo, maniquea del conflicto entre el bien y el mal.


- Yo soy quien le ha enviado estas cartas tan locas... He venido para cortar esta maligna fiebre, para acabar con ella de una manera franca.”


Porque, por ejemplo, si me tengo que ceñir a la visión que ofrece Huysmans de la mujer, veo que está tan profundamente marcada por la sensibilidad decadentista de finales del siglo XIX que termina ensombreciendo la carga psicológica de sus personajes femeninos. Las figuras femeninas aparecen con frecuencia como símbolos antes que como personajes plenamente desarrollados: encarnan la tentación, el misterio, la pureza o la corrupción espiritual. En la práctica, la novela está narrada en torno a dos modelos contrapuestos: la esposa del campanero, presentada como ejemplo de sacrificio y abnegación, y Hyacinthe Chantelouve, donde el deseo erótico se entrelaza con la transgresión religiosa y el peligro moral. Entre ambos polos —la santa y la seductora— parece agotarse el espacio reservado a lo femenino. A ello se suman diversos pasajes en los que los personajes masculinos intercambian opiniones más que despectivas, paternalistas, sobre las mujeres, reforzando una mirada ambivalente y a menudo claramente misógina. Leída hoy, esta visión puede entenderse como un reflejo de las inquietudes de su época, pero también dificulta la identificación con unos personajes que parecen incapaces de concebir a las mujeres fuera de categorías simbólicas prefijadas.

Tampoco terminé de conectar con el estilo de la novela, que en muchos momentos me resultó rígido y encorsetado. La parte dedicada a Gilles de Rais, que esperaba encontrar especialmente absorbente, acaba reducida en buena medida a una sucesión de atrocidades y, más adelante, a una extensa relación de testimonios y episodios del juicio. Más que una recreación novelesca de un personaje histórico fascinante, a menudo tuve la sensación de estar leyendo un expediente comentado. Del mismo modo, gran parte de la trama contemporánea se desarrolla a través de largas conversaciones de Durtal con dos o tres amigos, casi siempre alrededor de una mesa, durante comidas o cenas en las que se discute sobre satanismo, ocultismo, religión y decadencia. Aunque algunas de estas reflexiones son sugerentes, su acumulación termina lastrando el ritmo narrativo y contribuyó a que mi interés fuera decayendo. Más que una exploración de las contradicciones del fin de siglo, la novela me fue pareciendo una larga conversación entre hombres atrapados en un cosmos donde todo acaba remitiendo a esquemas medievales de pecado y redención.


Jamás había pensando en Hyacinthe Chantelouve, jamás había estado enamorado de ella; le interesaba por el misterio de su persona y de su vida, pero, en suma, fuera de su casa, apenas pensaba en ella.”


Uno de los aspectos que sí me resultó especialmente interesante fue la reflexión de Huysmans sobre el deseo y su relación con el arte, un tema que ya traté en mi crónica la novela de Joyce Carol Oates, The Barrens.  Durtal parece incapaz de amar aquello que posee o conoce demasiado bien, sus libros, las mujeres de su vida, el arte en general. Su fascinación por Hyacinthe depende precisamente de su distancia y de su misterio; una vez consumada la relación, la mujer real desplaza a la mujer imaginada y el desencanto aparece casi de inmediato. En este sentido, Huysmans establece un paralelismo revelador entre el arte y el amor cuando afirma que «el arte, al igual que la mujer a quien se ama, debería estar fuera de alcance, en el espacio, lejos». Tanto la obra de arte como la persona deseada conservan su poder de atracción mientras permanecen parcialmente inaccesibles. La proximidad destruye la ilusión, y con ella el deseo. Más allá de la evidente carga misógina que puede contener esta idea, la observación resulta sugerente porque revela uno de los rasgos centrales del mismo Durtal: su incapacidad para aceptar la realidad cotidiana de las personas y su tendencia a sustituirlas por ideales estéticos o espirituales imposibles de satisfacer porque no todo tiene que ser simplemente misoginia también veo una reflexión bastante moderna sobre la idealización, y sobre cómo algunas personas aman más la fantasía que al ser real que tienen delante. Ahí Huysmans me parece más interesante psicológicamente de lo que es en otros aspectos de la novela.

Tenía mucha curiosidad por esta novela y, sin embargo, aunque reconozco la ambición y el riesgo que asume Huysmans, así como la fuerza de una propuesta que se atreve a recorrer territorios incómodos y poco convencionales abordando temas descarnados y, en algunos momentos, verdaderamente horripilantes, sin embargo, cuando una novela se me hace cuesta arriba y empieza a resultarme repetitiva, termino desconectando. Y eso fue precisamente lo que me ocurrió aquí: la distancia que sentí respecto a sus personajes, y su forma de narrar, acabó siendo mayor que la fascinación que despertaban los temas que proponía.

La traducción es de Joaquin Regot.


“Vivió noches expiatorias, asediado por fantasmas y aullando a la muerte como una bestia. Se le encontró corriendo por los lugares más solitarios del castillo. Lloraba, se arrodillaba y juraba a Dios que haría penitencia, prometiéndole crear fundaciones piadosas. Pero en este espíritu voluble y exaltado las ideas se superponían, se sucedían, se deslizaban una sobre otra y las que desaparecían dejaban su sombra sobre las que la seguían. Bruscamente, cuando aun lloraba de angustia, se precipitó en nuevos desenfrenos...”

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ya nadie escribe cartas, de Jang Eun-jin

Aburridísima, de Izumi Suzuki

Indigno De Ser Humano, de Junji Ito (Adaptación de Osamu Dazai)