Mi vida querida, de Alice Munro
♫♫♫ Maybe Not - Cat Power ♫♫♫
"- La cuestión es ser feliz. A toda costa. Inténtalo. Se
puede. Y luego cada vez resulta más fácil. No tiene nada que ver
con las circunstancias. No te imaginas hasta qué punto funciona. Se
aceptan las cosas y la tragedia desaparece. O pesa menos, en
cualquier caso, y de pronto descubres que estás en paz con el mundo
Y ahora, adiós."
Alice Munro es una de mis autoras favoritas y ahora, al regresar a sus relatos después de un tiempo, estoy descubriendo algo que me gusta especialmente de las relecturas: que un libro puede seguir sorprendiéndote incluso cuando creías que ya lo conocías. Al volver a Mi vida querida, vuelvo también a esa sensación tan particular que me producen sus cuentos: la de estar leyendo algo que, en apariencia, es sencillo, pero en el que siempre queda algo escondido, algo que no termino de comprender del todo hasta que llego al final.
Su escritura es profundamente elíptica, pero creo que esa elipsis tiene mucho que ver con su pudor. Mientras la leo, tengo a menudo la sensación de haberme perdido algo, de que entre una escena y otra ha sucedido algo que Munro ha decidido no contarme. Y, sin embargo, cuando llego al final, descubro que las pistas estaban ahí: en una frase aparentemente secundaria, en un silencio, en un gesto que había pasado desapercibido. Munro no oculta tanto la información como las emociones que podrían explicarla. Rara vez se detiene a explicarnos el dolor, la culpa, el arrepentimiento o las razones últimas de una conducta. No dramatiza. Deja que el sufrimiento permanezca en los márgenes, contenido en una ausencia, en una ruptura, en algo que no se dice, y ya sabemos que la vida más que de dramas, está sobre todo contenida de silencios. Por eso, al terminar uno de sus relatos, tengo casi siempre la necesidad de volver atrás. La segunda lectura es distinta porque ya conocemos el desenlace y las pistas empiezan a iluminarse unas a otras. Lo que parecía un detalle adquiere de pronto otro peso; una frase que habíamos leído sin detenernos se convierte en una clave. Es como si el relato solo terminara de revelarse retrospectivamente. En Munro, la elipsis no es solo una técnica narrativa: es también una forma de pudor, una manera de acercarse a aquello que resulta demasiado doloroso, demasiado íntimo o demasiado complejo para ser dicho directamente. Es una autora que siempre confía en que el lector pueda ocupar ese espacio y reconstruir lo que ella deja fuera. Y es precisamente ahí, entre lo que Munro cuenta, lo que calla y lo que nosotros alcanzamos a intuir, donde reside buena parte de la inquietud y de la profundidad de sus relatos.
Quisiera centrarme en esta reseña no tanto en cada uno de los relatos como en tres de ellos que me han dejado un particular poso de incomodidad, incluso de turbación. Y no tanto por esos finales abiertos, tan propios de Munro y tan desprovistos de una carga moral explícita, sino por lo que dejan entrever acerca de la condición humana: esas zonas de oscuridad, de ambigüedad y de silencio en las que no siempre encontramos una explicación, ni siquiera una que nos resulte tranquilizadora. Hay algo inquietante en la manera en que Munro se acerca a sus personajes, porque rara vez los juzga y rara vez nos permite juzgarlos a nosotros. Los deja ser contradictorios, capaces de hacer daño, de ocultar, de desear lo que quizá no deberían desear y, sobre todo, de vivir con cosas que no llegan a decirse nunca.
“Familia. Jamás debía haberla dicho. Jamás debía mencionar esa palabra"
Un buen ejemplo está en esta cita de «Corrie». En ella se condensa uno de los rasgos que más me interesan de la escritura de Munro: su capacidad para adentrarse en los tabúes, en aquello que se calla, en las palabras que parecen inofensivas hasta que alguien las pronuncia y, al hacerlo, revela mucho más de lo que pretendía. La reflexión de Corrie, referida a la familia de su amante, no alude tanto a algo que ella desconozca como a una palabra que ambos han aprendido a mantener fuera de su relación. Y basta con pronunciarla para que todo lo que habían conseguido mantener en ese territorio aparte empiece a resquebrajarse. A partir de ahí, Munro reconstruye una relación sostenida durante décadas con una extraordinaria economía narrativa, dejando que sea precisamente aquello que sus personajes no dicen lo que termine por revelarnos quiénes son.
En apenas un par de frases la palabra familia deja al descubierto la naturaleza de un vínculo que se ha prolongado durante décadas. Lo que se silencia no es, en realidad, la existencia de una familia que la amante desconozca, sino el tabú de nombrarla, esa frontera tácita que ambos han aprendido a no cruzar. Pero en ese silencio se juega también algo de la identidad del hombre: no solo oculta una parte de su vida, sino que parece preservar, dentro de esa relación, una imagen de sí mismo que solo puede sostenerse mientras ciertas palabras permanezcan fuera de ella. Quizá por eso familia resulta una palabra tan perturbadora: al pronunciarla, introduce de golpe en ese espacio al hombre que existe fuera de él y amenaza con deshacer al hombre que allí ha querido ser. Munro encuentra así, con su habitual economía narrativa, toda la complejidad de una relación en aquello que sus personajes saben perfectamente y, sin embargo, han aprendido a no nombrar.
«Corrie» es un relato complejo, construido en varias capas, como ocurre siempre en Munro: una historia contiene otras historias, y lo que en un primer momento parece el centro del relato, que es la relación durante décadas de Corrie con su amante, un hombre casado, acaba revelándose como una pieza más dentro de algo mucho más amplio. Mientras lo leemos, no podemos evitar preguntarnos qué hay detrás de ciertos comportamientos, qué no termina de encajar, qué se nos está ocultando. Intentamos interpretar a los personajes, encontrar una explicación para sus decisiones y, casi sin darnos cuenta, empezamos también a juzgarlos. Pero Munro se las arregla para que ese juicio nunca llegue a asentarse del todo. Cuando creemos haber encontrado una explicación, aparece un nuevo matiz que la desplaza o la complica. Y así, más que conducirnos hacia una conclusión moral, el relato nos deja suspendidos en esa incómoda zona en la que comprendemos a los personajes sin llegar a justificarlos, y podemos juzgarlos sin estar nunca seguros de haber entendido del todo sus razones.
Mi vida querida ocupa un lugar muy particular en la obra de Alice Munro. Publicado en 2012, es su último libro de relatos y puede leerse, en cierto modo, como una culminación de su trayectoria literaria. En él están muchos de los temas que recorren su obra y que vuelven a aparecer aquí con esa mezcla tan característica de intimidad y distancia: las relaciones sentimentales, los secretos familiares (un tema tan importante en su obra), las renuncias, el paso del tiempo y esa distancia, a menudo insalvable, entre lo que vivimos y lo que llegamos a comprender de nuestra propia vida. La particularidad del volumen está también en su estructura. A los diez relatos de ficción les siguen cuatro textos que Munro reúne bajo el título de «Finale» y que ella misma presenta como historias que no son del todo ficción, pero tampoco autobiografía en sentido estricto. Ese desplazamiento hacia la memoria personal confiere al libro un cierto carácter de despedida, aunque sin apartarse de la ambigüedad y de la reserva que han caracterizado siempre su literatura. La propia trayectoria vital de Munro parece reconocerse una y otra vez bajo distintos nombres, edades y circunstancias: la muchacha de pueblo que quiere escapar, la joven que aspira a una vida intelectual, el matrimonio temprano, los hijos, la escritura a escondidas, el amor secreto, la separación, el divorcio, la necesidad de decidir dónde vivir y cómo criar a sus hijas, el regreso a Ontario el lugar de la infancia, la reconstrucción de una vida y de una carrera, el envejecimiento y la muerte de los padres. Quien haya leído a Munro reconocerá en sus relatos muchos de estos motivos, pero lo interesante es que la autora no los cuenta como quien reconstruye una biografía. Los descompone, los desplaza, los vuelve a mirar desde otros ángulos. Una experiencia que parece prolongarse así en numerosos cuentos, y cada uno se detiene en una parte distinta de lo que significa vivir una vida.
Quizá por eso muchos de sus relatos tienen que ver con algo tan difícil de reconocer mientras nos sucede: las consecuencias de aquello que apenas comprendimos cuando ocurrió. Sus historias están llenas de vidas aparentemente normales —familias, amores, matrimonios, separaciones, infidelidades, pérdidas— en las que, de pronto, un acontecimiento altera para siempre la manera en que alguien entiende su propia historia y sin embargo en el momento en el que está ocurriendo, el personaje en cuestión es incapaz de reconocer ese momento de inflexión, y quizás solo será consciente de ello años después. Hay algo que atraviesa muchos de estos cuentos: nunca terminamos de conocer el significado de nuestra propia vida mientras la estamos viviendo. Solo mucho después podemos mirar hacia atrás y descubrir que aquello que entonces parecía una desgracia fue también una forma de liberación; que un encuentro aparentemente insignificante tuvo consecuencias enormes en la memoria; o que una decisión que creíamos comprender estaba sostenida por razones que ni siquiera nosotros mismos alcanzábamos a reconocer: la vida está repleta de presiones, sacrificios y trenes que dejamos escapar.
Munro rara vez cierra esas historias con una moraleja o con una explicación definitiva, huye de los finales morales dispuestos a dar una lección. Prefiere dejar abierta una zona de incertidumbre, ese espacio en el que el pasado cambia de significado cuando volvemos sobre él y en el que tampoco nosotros, como lectores, podemos estar completamente seguros de haber entendido a sus personajes. Tal vez ahí reside una de las razones por las que sus relatos admiten tan bien la relectura: porque no solo cuentan vidas que se transforman, sino que muestran cómo también cambia, con el tiempo, nuestra manera de comprenderlas.
De los diez relatos que componen Mi vida querida, hay tres que me han dejado especialmente impactada, nada que ver con lo que pudieron signficar cuando los leí hace años, y esto se debe también a mi experiencia vital, a momentos que soy capaz de reconocer: «Amundsen», «Tren» y «Corrie». Y este impacto no viene tanto por los acontecimientos que cuentan como por algo más difícil de precisar: la sensación de imprevisibilidad que producen ciertos comportamientos, la facilidad con que una decisión, un deseo o incluso una omisión pueden alterar una vida. Munro sitúa a sus personajes en un territorio en el que las convenciones sociales y nuestras propias expectativas dejan de ofrecernos un marco seguro. Mientras leo, tengo a menudo la impresión de que algo no termina de encajar, de que detrás de lo que se cuenta hay algo más que no alcanzo a ver del todo. Y quizá sea precisamente esa incomodidad la que permanece cuando el relato termina: la intuición de que, bajo la aparente normalidad de nuestras relaciones, existe siempre una zona de oscuridad que no controlamos del todo, ni en los demás ni en nosotros mismos.
“Entonces se le ocurrió sin proponérselo, que bastaba con no aparecer.”
(Tren)
En «Tren» aparece, además, una forma de comportamiento que hoy nos resulta especialmente reconocible y que podríamos llamar ghosting, aunque Munro, naturalmente, no necesita nombrarlo porque es un término acuñado en la era digital. La frase tiene algo de escalofriante por su sencillez: basta con no aparecer, con difuminarse. No hace falta explicar, romper, enfrentarse al otro ni siquiera pronunciar una mentira; basta con la invisibilidad. Y lo más inquietante es que Munro convierte esa posibilidad en algo casi banal, como si de pronto el personaje descubriera que una relación puede interrumpirse simplemente dejando de estar. Resulta tentador pensar que, cuando Munro escribió «Tren», este tipo de comportamiento no formaba parte del lenguaje con el que hoy hablamos de las relaciones afectivas. Sin embargo, quizá ahí esté precisamente la fuerza de su literatura: Munro no necesita anticipar un término para captar el comportamiento humano que ese término acabaría designando. Lo que hoy llamamos ghosting, en «Tren» aparece despojado de nombre y de explicación, reducido a un gesto tan sencillo como inquietante: no aparecer.
En «Tren», un hombre vuelve de la guerra, baja de un tren y, casi por azar, acaba en una granja donde empieza a trabajar para a una mujer. Allí se queda durante años, construye una vida, establece vínculos y, un buen día, vuelve a marcharse. Lo inquietante del relato es que esa huida no parece responder a un acontecimiento concreto ni a una decisión que podamos explicar con facilidad. Más bien parece formar parte de su manera de estar en el mundo: Jackson llega, permanece durante un tiempo y, cuando la vida empieza a adquirir un peso que quizá no sabe cómo asumir, desaparece. Munro, sin embargo, no parece interesada en explicarnos qué le ocurre. No sabemos si huye de las mujeres, de la intimidad, de la responsabilidad o de algo más difícil de nombrar. Ni siquiera sabemos si él mismo lo sabe. Y ahí está buena parte de la inquietud del relato: podemos reconocer un patrón en sus actos, pero no terminamos de encontrar una razón que los vuelva comprensibles. Jackson parece buscar una libertad que consiste, sobre todo, en no quedar atrapado en ninguna vida, pero esa libertad tiene un precio: cada vez que se marcha, deja detrás de sí una historia que los demás tendrán que continuar.
Y esto lo que más me interesa de «Tren»: la facilidad con la que Munro consigue desplazar nuestro punto de vista. Al principio seguimos al hombre que llega y se marcha; después empezamos a mirar a quienes se quedan. Para él, desaparecer puede ser apenas un gesto, una forma de continuar su camino. Para las mujeres que deja atrás, en cambio, su ausencia forma parte de sus propias vidas y tiene que ser incorporada a ellas de alguna manera. Munro no convierte esa diferencia en una lección moral ni nos dice cómo debemos juzgar a Jackson. Simplemente la deja ahí, incómoda, sin resolver. Y una vez más nos obliga a preguntarnos cuánto podemos llegar a comprender de una persona a partir de sus actos y cuánto de su vida permanecerá, inevitablemente, fuera de nuestro alcance.
Lo verdaderamente revelador es que Munro tampoco se apresura a explicarnos qué ocurre dentro de él cuando actúa así. No sabemos si sufre, si siente culpa, si se arrepiente o si, sencillamente, consigue seguir adelante sin mirar atrás. Es posible incluso que cada huida sea para él una forma de poner fin a una angustia que no sabe cómo afrontar. Pero Munro no nos permite entrar en ese espacio: no hay confesiones, arrepentimientos ni explicaciones que nos ayuden a reconstruirlo, no hay absolutamente ningún drama a simple vista. Y quizá sea precisamente ese vacío lo que resulta más inquietante y turbador. La autora no necesita mostrarnos el sufrimiento que puede haber detrás de una conducta para hacer visible su dimensión perturbadora; le basta con mostrarnos la facilidad con la que alguien puede decidir que marcharse, o simplemente no aparecer, es una opción. Hay, además, una dicotomía que recorre el personaje: ese hombre que parece más libre porque puede abandonar cualquier lugar y cualquier relación quizá esté también profundamente condicionado por su incapacidad para permanecer. Su libertad está hecha de renuncias, pero también de una imposibilidad: la de afrontar aquello que ocurre cuando los vínculos empiezan a exigirle algo. Y Munro deja abierta incluso esa posibilidad, sin decirnos si él es consciente de ello. Su silencio puede ocultar un conflicto que ni siquiera el mismo Jackson sabe reconocer. En Munro, el dolor no siempre se cuenta: a menudo queda alojado en aquello que sus personajes callan y, sobre todo, en lo que hacen para no tener que enfrentarse a ello.
Hay un punto de conexión que me resulta especialmente inquietante entre «Amundsen», «Corrie» y «Tren»: en los tres relatos hay hombres capaces de hacer sufrir a las mujeres y, sin embargo, Munro se muestra extraordinariamente pudorosa a la hora de representar ese dolor porque ellas no aparecen como sufridoras pero si como sorprendidas, en cierta forma incluso en un estado de shock en un momento dado. Fox abandona a Vivien de manera abrupta, prácticamente frente al altar; Howard construye durante años su relación con Corrie sobre el secreto y el engaño; y Jackson, en «Tren», convierte la huida en una forma de vida. Son conductas distintas, pero hay algo que las aproxima: cuando una relación exige enfrentarse a algo incómodo —el compromiso, la intimidad, la verdad, la responsabilidad— estos hombres parecen encontrar una salida en la retirada. En «Tren», esa retirada adopta incluso una forma que hoy reconoceríamos fácilmente: basta con desaparecer. En «Amundsen», es una ruptura brusca que no deja espacio para la negociación ni para la explicación. En «Corrie», el secreto termina convirtiéndose en la propia estructura de la relación.
De los tres relatos, quizá «Amundsen» sea el que más me ha turbado. No quiero entrar demasiado en él porque creo que es uno de esos relatos a los que conviene llegar sin saber prácticamente nada. Hay experiencias de lectura que pierden parte de su fuerza cuando alguien nos las explica antes de tiempo, y esta es una de ellas, aunque siempre intento que en mis crónicas no haya spoilers. Solo diré que hay una frase que, después de terminar el relato, se me ha quedado dando vueltas. Es una frase que, leída aisladamente, podría parecer incluso esperanzadora. Después de leer «Amundsen», en cambio, adquiere algo profundamente inquietante. Y puede que aquí se encuentre una de las ideas que atraviesan Mi vida querida: la extrañeza de descubrir, al mirar hacia atrás, que nuestra vida puede haber significado algo muy distinto de lo que creíamos mientras la estábamos viviendo. Munro parece decirnos que no solo vivimos a ciegas, sino que también comprendemos a ciegas. El significado de lo que nos ocurre puede tardar años en aparecer y, cuando finalmente se destapa, puede no parecerse en absoluto a lo que habíamos imaginado.
La traducción es de Eugenia Vázquez Nacarino.
“Aunque no lo sepas, quizá hoy haya sido uno de los días más afortunados de tu vida."
(Amundsen)
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comentario genial
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