[ Interludio ] Junio #1 - Los errantes

 

                  
                                       @Kansas


"...cuando caminar era el placer definitivo, la única existencia posible, intentando entenderme dando paseos y siempre llegaba a mi destino con las ideas en apariencia más claras y la sensación de qué pensar es posible, y de que sé lo que hago o al menos lo que intento hacer. Creo conexiones cuando camino...”

(Panthers, Jen Craig)


Ahora que ando sumergida en la primera obra de no ficción de Mathias Enard, Melancolía de los confines: Norte, y viniendo como vengo de leer a Clemens Setz y Vértigo de Sebald,  he vuelto a recordar lo que significa caminar. No solo avanzar de un lugar a otro, sino habitar un tiempo propio, un espacio de silencio en el que uno puede encontrarse consigo mismo, un desplazamiento interno. Caminar tiene algo de ejercicio de atención y de conciencia; mientras los pasos se suceden, la mente recuerda, ordena, imagina y comprende.

Quizá por eso su lectura me está  resultado tan cercana, porque además está directamente emparentada a Sebald y todo el poso que ha dejado en muchos autores, como Enard en este caso. Mi lugar de trabajo se encuentra en una zona rural y, debido a ello, cada día me obliga a pasar bastante tiempo al volante. Puede parecer una contradicción hablar de caminar cuando una buena parte de mi tiempo transcurre conduciendo, pero he llegado a comprender que esos trayectos cumplen una función semejante. Son, a menudo, el único momento del día que me pertenece por completo.


@Kansas


Mientras la carretera atraviesa campos, pequeñas poblaciones y paisajes que cambian lentamente con las estaciones y con la luz del día, voy quedándome completamente sola conmigo misma. Es entonces cuando tomo conciencia de lo vivido, cuando recuerdo, analizo, proyecto o simplemente observo. En medio de jornadas marcadas por la prisa y las obligaciones, esos kilómetros se han convertido en una suerte de refugio inesperado.

«Sin caminar estaría muerto, y mi profesión, que amo apasionadamente, destruida.»

(Robert Walser)

«Todo viajero camina en el tiempo», escribe Énard. Al leer esa frase entiendo que quizá el verdadero viaje no dependa tanto de los pasos como de la disposición interior. Porque hay desplazamientos que nos permiten atravesar también nuestra memoria. Y en esos momentos, ya sea caminando por un sendero o recorriendo una carretera secundaria, el movimiento deja de ser tránsito para convertirse en presencia.




On the road, 1969, Daido Moriyama


Tal vez por eso la lectura de Melancolía de los confines: Norte me ha devuelto a una constelación de escritores que asocio desde hace tiempo con el acto de caminar. Hacía años que no regresaba a ellos con verdadera atención. Mi última parada había sido Vértigo, de Sebald, esa obra en la que el viaje, el recuerdo y la deriva se entrelazan hasta resultar indistinguibles. Sin embargo, mientras avanzo por las páginas de Énard, reaparecieron nombres que creía momentáneamente alejados: Walser y sus paseos convertidos en literatura; Bernhard, para quien el movimiento era también una forma de pensamiento obsesivo; Jen Craig y sus recorridos por geografías físicas y mentales; el propio Sebald, siempre caminando entre la memoria, la historia y el paisaje.

Todos ellos pertenecen, a su manera, a una misma estirpe. No son simplemente escritores que caminan, sino autores para quienes el desplazamiento constituye una forma de conocimiento, de relacionar, asociar, enlazar... En sus obras, el camino rara vez conduce a un destino concreto; lo importante es aquello que surge durante el trayecto: la observación, el recuerdo, la asociación inesperada, la conciencia del tiempo que transcurre. Autores errantes que convierten está errancia en desplazamiento íntimo. Tras el parabrisas, entre ventanillas empañadas y paisajes fugitivos, me reconozco en esos autores errantes que hicieron del desplazamiento una forma de habitar el mundo .


"En agosto  de 1992, cuando la canícula se acercaba a su fin, emprendí un viaje a pie a través de Suffolk, al este de Inglaterra, con la esperanza de poder huir del vacío que se estaba propagando en mi..."

(Los anillos de Saturno, WG Sebald)


@Kansas


Comentarios

  1. Al leer el título pensaba que hoy tocaba hablar de eso, de los errantes, de mi querida Olga Tokarczuk y su teoría del "movimiento constante" :)

    Ya sabes, creo que lo sabes, que me gusta mucho salir a la montaña, lo suelo hacer acompañado por gente a la que le encanta hablar, hablan todo el rato, les aterra el silencio, sospecho. Siempre hay algún punto del camino en el que les invito a caminar una hora sin decir nada, sólo subir el sendero escuchando a la naturaleza y ese motorcito interior que llevamos dentro.

    Creo que me he ido del tema, perdona... Me gusta cuando acompañas los textos de fotos.. por cierto, hace mucho que no vemos a Luna.

    Saludos

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    Respuestas
    1. Ese el uno de los que me queda por leer de Doña Olga, pero de alguna forma su teoría del movimiento constante es algo muy parecido a lo que quería dejar reflejado en este Interludio.
      Sobre todo pq el movimiento constante al final es puro misterio, más difícil de controlar o destruir

      Sí, tus fotos corroboran tu búsqueda del movimiento constante en la montaña. . La verdad es que me parece una contradicción que muchas veces vayamos a la montaña para luego llenarla de palabras pq es todavía de los pocos lugares que invitan precisamente a lo contrario.. Creo que tenemos más miedo al silencio de lo que nos gusta reconocer sobre todo cuando vamos en grupo, pero es complicado en estos tiempos tan fugaces
      .
      Luna, que con la edad se ha vuelto más diva, no me deja publicar fotos en las que no esté perfecta 🐾. Complicado que se deje así como así, y se vuelve huidiza y evasiva.. A ver si llego a un acuerdo con ella ;)

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